El ensordecedor rugido de un cañón me devuelve a la realidad e instintivamente alzo la vista hacia el cielo. Una bandada atolondrada de pájaros, aparentemente sumida en un letargo parecido al mío, levanta vuelo hacia un lugar más seguro, factiblemente lejos del catastrófico ruido.
Decido imitarlos en silencio, tras dedicarle una última mirada aprensiva al arroyo que me salvó de una muerte segura por deshidratación. Tendré que volver pronto para recargar mi cantimplora, eso lo sé muy bien. El problema es que ahora no puedo permanecer aquí sin que peligre mi vida. Y la suya.
Me adentro en el bosque con la frente en alto, procurando que tanto los espectadores como los patrocinadores infieran que estoy sedienta de venganza contra el sistema que me trajo a este lugar en mis vulnerables condiciones pero, tras recorrer al menos cinco kilómetros, la fría máscara empieza a moverse de su lugar. Dejo escapar un suspiro cansado, demasiado alto para mi gusto, e inmediatamente me volteo al oír una rama crujiendo bajo los pies de un invasor en potencia.
No soy capaz de discernir si solté una risita nerviosa por haberme percatado que no corría peligro de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con otro tributo o por darme cuenta que la paranoia se había hundido profundamente en mi psiquis como uno de mis siete cuchillos.
No les des el gusto de quitarte la poca sanidad mental que te queda, me digo, mientras observo, casi inmóvil, al esponjoso conejo blanco que olisquea el follaje con detenimiento. Se me hace agua la boca de solo pensar en su carne, suave y deliciosa, llenando el vacío en mi estómago con el calor digno de un almuerzo recién sacado del fuego.
Con la parsimonia del cazador, palpo uno de los filos dispuesta a arrojárselo sin vacilar y siento que en ese momento algo en mi interior se resquebraja y se rehúsa al holocausto.
Detrás del conejo surgen siete de sus crías, igual de blancas y esponjosas que la que ahora deduzco que es su madre. Parpadeo varias veces, intentando decodificar el mensaje que sin dudas es más claro que el agua.
Deben morir acorde un plan trascendental.
Cuando la idea hace mella en mi cabeza, pateo el suelo como acto reflejo y los conejos salen pitando, con ellos mi única chance de alimentarnos.
Los mataremos a ambos como conejos.
Intento obviar el nudo que se forma en mi garganta y trago mis lágrimas para no lucir débil e indefensa, pero el daño ya está hecho. Soy conciente que todo televidente ve mi rostro contorsionarse de tristeza cuando dejo mi espalda caer sobre la dura corteza de un árbol cercano. Suelto un bufido y, aunque todavía tengo la mente perdida en los novecientos noventa y nueve motivos para rendirme, sigo pensando en lo único que impide que cuente mil.
Estoy agotada, tengo hambre y la responsabilidad de pensar por dos me devana los sesos. Me dispongo a retomar mi caminata cuando oigo un grito de terror, otro cañón resquebrajando el silencio que lo precede y unas risas de festejo.
Agradezco ser una persona impulsiva, porque lo primero que hago es correr hacia el lado contrario de donde proviene el murmullo y me trepo con desesperación al árbol más alto que logro vislumbrar.
Dos profesionales del Distrito Uno surgen de unos arbustos y se sientan, todavía risueños, a prender una fogata para cocinar lo que sin lugar a dudas le robaron a su víctima. Están tan ensimismados en su detallado debate sobre cómo eliminar a los tres restantes que ni se molestan en mirar hacia arriba, donde me encuentro abrazada en sigilo a un tronco.
-Colgarla de los tobillos, darle una azadada en el vientre y dejar que se desangre hasta que implore que la matemos. Eso es lo que quiero. Un buen espectáculo.
-No me esperaba algo que no fuese sádico viniendo de tu persona. ¿No temes que todos se indignen al ver que le haces eso a la mami del Doce? Por lo que sé tiene a medio Panem comprado con sus vómitos- inquiere su compañera, todavía inquieta por la adrenalina de su último asesinato.
Te odiarían si lograses atraparnos, de eso no me cabe la menor duda.
-Es la única manera de atraer a su perrito faldero. Mató a tres de los nuestros en el baño de sangre en la Cornucopia y no lo he visto desde entonces. Él es el verdadero reto, no ella.
Medito sobre sus palabras hasta que el hedor de una creciente humareda se cuela por mis fosas nasales y me nubla un poco la visión.
-¿Están trabajando por separado?
Casi en simultáneo me envuelve el sabroso olor de la carne asándose al fuego y la tripa se me retuerce y gruñe, demandando comida a diestra y siniestra. Me esfuerzo por oír lo que el monstruo del Uno tiene para decir sobre él pero algo interrumpe mi concentración: un diminuto paracaídas se ubica cómodamente en mi regazo.
No puedo evitar sonreír y mis dedos, entorpecidos, enloquecen por abrir el regalo sugerido por mi mentor. Me detengo al oír que la voz de la rubia se disipa en el bosque en busca de una que otra baya para sazonar su comida y, en medio del bullicio causado por la tétrica pareja, creo advertir a un visitante inesperado.
-Feliz cumpleaños- me susurra, aprovechando la distracción para pasar desapercibido. Lo que no pasa desapercibido es el tono socarrón con el que me habla, y no puedo entender cómo los Juegos no destriparon al bromista en él. Es entonces cuando mi cabeza da un giro de cuarenta y cinco grados y lo veo curvar sus labios con cinismo, sentado en un árbol contiguo al mío, aproximadamente dos metros más arriba que yo. Me llevo el índice a los labios implorándole silencio y me dedico a tallar en mi retina su deteriorada imagen: apenas existe piel entre tantos cortes sin cicatrizar y tantos jirones de ropa sin arrancar. Su delgadez me sorprende tanto que me resulta difícil omitir la idea que mi cuerpo sea solo costillas y es el brillo inagotable de sus ojos marrones el que me devuelve a la cruda realidad. Le hago señas para que no se acerque hasta que los del Uno desaparezcan y, en milésimas de segundo, me arrepiento de negarle su proximidad porque toda prohibición resulta un disparador para que él haga exactamente lo contrario.
Salta de rama en rama como quien no quiere la cosa y, en cuestión de nada, lo tengo frotando su nariz contra la mía sin siquiera captar la atención del otro tributo. Hace su carcaj de flechas a un lado y posiciona su arco de tal forma que ninguno de los dos lo pierda de vista, en caso de urgencia.
Me besa la frente y recorre mi vientre en círculos con la palma de su mano. Nuestros ojos se conectan y se dicen exactamente lo que no podemos pronunciar. Mueve la cabeza indicándome que abra el paracaídas y, cuando me encuentro con una sopa de pollo y verduras para dos, él se rehúsa a sorber una gota.
-No se lo enviaron a esta cara- murmura, señalándose a sí mismo. Descubro que no me importa y le meto un cucharón en la boca para callarlo.
La escena me resulta tan surrealista que mis neuronas evocan al pasado para evitar pensar que, a varios metros de distancia, nuestros enemigos levantaron un fuego no solo para cocinar, sino para atraernos y tendernos una trampa.
Él cierra sus ojos cuando mis dedos entran en contacto con su pelo y es entonces cuando los innumerables recuerdos me invaden: nuestra última noche juntos días antes de la Cosecha, la lúgubre discusión que nos separa, mi nombre en un papel que deja en claro que la suerte no está de mi lado, su ofrecimiento como voluntario en lugar de un niño asustado, la verdad que me negué hasta a mi misma y quise callar, su anuncio en la entrevista con Caesar Flickerman, las quejas de los espectadores por lo inhumano de enviarme a la arena, su promesa antes de que nos separaran para el comienzo de los Juegos…
Vuelvo a colocar el tazón en el paracaídas y me doy permiso para perderme en sus ojos por un rato, como acostumbraba a hacerlo en casa antes de fundirme en sus brazos y olvidarme de todas las desgracias que nublaban nuestras vidas. Apenas soy conciente que cada vez se acercan más a los míos y puedo dilucidar alguna que otra peca que se multiplica a medida que se cierran las distancias.
Sus labios difícilmente me rozan cuando retruena el tercer cañón de la tarde y todo se distorsiona en una nebulosa de movimientos bajo una lluvia de… ¿Sangre?
Veo como una flecha certera se clava en el desfigurado rostro del tributo del Uno y la cuenta de cañones sube a cuatro mientras me jalan hacia abajo.
-¡Tenemos que movernos ya mismo!- me grita, frenético.
No atino a preguntar qué sucede cuando noto que lo que cae del cielo no es solo sangre, sino una sustancia que corroe todo a nuestro alrededor e inicia un incendio forestal.
-¡Es ácido!
Prácticamente saltamos del árbol y corremos para resguardarnos del peligro inminente como si el diablo estuviera pisándonos los talones. La fogata sin apagar se extiende y en poco tiempo todo se vuelve humo, monóxido de carbono que amenaza con ahogarnos para quemar lo que nos quede de vida.
-¡Dame un cuchillo!- no comprendo para qué necesita un filo, pero se lo doy en cuanto esquivo una rama repleta de fuego y ácido. –¡Esto tiene que terminar ahora mismo!
-¿Qué…?
Entonces lo entiendo.
-¡No!- me desgarro los pulmones e intento saltar sobre él, pero ya es tarde. Su yugular no es más que un mar rojo.
-Te amo- confiesa. La lluvia cesa, el incendio se extingue y el sol se cierne irónicamente sobre nosotros. –Los amo a ambos.
-Te amo- las palabras se atoran en mi garganta al ver cómo la sangre mana a borbotones de la suya.
-Nunca dejaré de hacerlo- susurra, matando todo hálito de esperanza en mi interior. –Lucha por nosotros.
-Lo haré- le prometo, entre lágrimas, abrazándome a su cuerpo ya inerte.
Todo se vuelve oscuro cuando suena el quinto y último cañón de la tarde.
Es la primera vez en la historia de los Juegos del Hambre que dos salen con vida.
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